22 junio, 2015

Autoconfesiones






Me sorprende de nuevo mientras le doy un último mordisco a mi tostada matutina, se acerca y se sienta a mi lado, habla sin parar, une conceptos que a esas horas mi cerebro ni siquiera asimila, y sin saber por qué me arranca una sonrisa.


Sus preguntas siempre son certeras, demasiado inteligentes para mi licuada cabeza, e imagino que algún día será alguien, que hará algo notable y dejará su huella en el pasillo de la grandeza.


¿Qué sucede cuando dos almas conectan? me suelta de repente, como si estuviera preguntando sobre el tiempo, la miro y puedo entrever en ella destellos de alegría.


Pero me doy cuenta de que no tengo repuesta a semejante pregunta, no se ponerle palabras a una sensación de tal magnitud. Cuando dos almas conectan, cuando hablan el mismo idioma, cuando pueden compartir una mirada sabiendo que el reflejo será igual para ambas retinas...no existe manera humana de unir letras y simplificar un concepto tan amplio.


Pero sucede, como en una peli de vaqueros, en un momento dado y sin haberlo visto venir, alguien estira su mano y te engancha, y el ego hasta ahora creciente en tu interior empequeñece, no necesita ventanas por las que huir, simplemente se transforma en ganas de aprender lo inaprendible, de crecer más y más, de alimentarte de la energía que emana del otro lado de esta visión transcendental.


Y entonces pienso que ojalá todo mi mundo fuera así, ojalá el desafío fuera tan grande que mis entrañas siempre se sintieran plenas, que cada alma pudiera tener un destino esclarecedor para mí, e inmediatamente me doy cuenta del egoísmo de mis pensamientos y me río pero también me sonrojo.


Me saca de mis delirios una vez más con  un chiste fatídico, con el que aun así me río, me levanto, le dedico una última mirada cómplice pero no digo nada pues imagino que tras varios minutos de palabras aceleradas y al tun tun, otra gran pregunta caerá sobre mí.