20 mayo, 2011

AMARGO SABOR



Nada valía la pena después de todo, nada cambiaría su triste situación, pensaba mientras le daba una patada a una lata en la acera...
Eran muchos los meses en que Andrés había recorrido las mismas calles camino a casa completamente solo, taciturno, ausente, esperando a que detrás de alguna esquina se encontrara ella, pero resulta que su vida parecía no tener esquinas desde hacía mucho tiempo...desde el mismo día en que Daniela, decidiera reducir su vida a cenizas, dando un portazo al salir.

Se miraba en los escaparates, y la imagen que veía daba bastante lástima. Un pelo desaliñado, un pitillo a medio fumar en los labios, una gabardina raída y unas zapatillas de deporte desgastadas...¿Era ese su estilo?, seguía pensando, o tal vez solo era el resultado de un cúmulo de acontecimientos malditos que habían ido destruyendo su imagen...sus columnas ya no eran publicadas ni en la gaceta de la noche, sus vicios se habían incrementado un 25% en los últimos tiempos, las chicas de bares de mala reputación, el whisky barato del chigre que no cierra hasta las tres, la tos carraspeante fruto de alguna cajetilla de más...
Ni siquiera tenía el valor para meterse algo más duro y olvidar las penas, ¡No!, el quería vivir todos sus tormentos, cada instante de dolor, pensando en que tal vez, se lo merecía...
Se paro en seco, sacó un cigarrillo, lo encendió, y se sentó en un banco. Refrescaba la noche, como cualquiera de octubre, pero Andrés no tenía ninguna prisa por volver a casa...una casa que solo le atormentaba, donde las paredes le escupían recuerdos, imágenes de tiempos mejores, de un joven bien avenido y lleno de sueños, un periodista dispuesto a comerse el mundo, con una rubia a su brazo, una rubia con el nombre más bonito del mundo, Daniela...

Recordaba conocerla en una convención, recordaba que era la fotógrafa más bonita del hotel, recordaba irse a vivir con ella, y miles de momentos románticos y calientes...pero también recordaba las horas de trabajo lejos de ella, la insistencia de la chica ante su pasotismo, el ausente espacio entres sus piernas, la llegada de un tercero en discordia y el fin, disparado a quemarropa...

Se dio cuenta de que el pitillo se había acabado al quemarse ligeramente los dedos...se frotó la cara, se levantó y llegó a su calle...abrió el portal, levitó como un fantasma escaleras arriba y entró en casa.
Siete meses después, todo seguía oliendo a ella, y su masoquismo hacía que ese punzante dolor en el centro del pecho, le gustara, como si con ello, pudiera olerla...
Se dirigió al minibar y sacó una botella de whisky a medio beber, encendió la radio y puso alguna emisora de esas de canciones antiguas y en inglés. Se sirvió una copa con dos hielos y se sentó en el sofá...
Mientras bebía, se deleitó una última vez con la imagen de su carcelera, apareciendo por tanto, y de manera inevitable, la posterior masturbación.
Una vez hubo acabado se levantó, subió la música, agarró la botella y se dirigió al baño. Abrió el grifo y tapo la bañera...mientras el agua subía abrió el armario y cogió un bote de pastillas aparentemente desconocidas, se desnudó y se metió en el agua. Ingirió más de quince pastillas según figuraba al día siguiente en la sección de sucesos, y se terminó la botella...

Cuando la radio anunció las cuatro, Andrés ya se había dormido...

1 comentario:

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