09 julio, 2009

FANGO


El tiempo se adormilaba sobre mi, como si de un recién nacido se tratara, y yo, que solo podía pensar en aquel viaje astral, no quería parar el motor de lo absurdo del momento...
Era tan sencillo percibir, sentir lo que ahora sentía, que me daba miedo, porque poco a poco la vulnerabilidad ganaba la partida... y me dejé llevar, fui barca a la deriva de mis emociones, y aunque solía perder bastante a menudo, en aquel preciso instante ya no me importaba...
Se paraba de nuevo el tiempo a fumarse un cigarrillo conmigo en el mismo banco de mis pecados, dándome cuartel para recordar tantas y tantas tardes, tantas y tantas noches, mil palabras por minuto; y sí, yo me alimentaba de eso, de palabras, de adornadas y dulces palabras, de sinceras y bellas frases que le permitieran a mi lúgubre cabeza volar sin alas...
Más, tras la subida, llegaban los bajones, esos momentos en los que echar de menos se hacía indispensable, como indispensable se hacía no dejar de respirar, como imposible era no encontrar otra mirada al cerrar los ojos.
Le pedí al tiempo, amigo de los trueques, que caminara más despacio, que le diera luz a mis ideas, que me ayudara a navegar, pero a cambio yo le cedería los mejores días de mi vida, en los que ella estaba presente, en lo que no dormía sola; y esperé, esperé, esperé, pero no se fue la emoción, y desesperé, desesperé, desesperé, y aun asi no dejé de sentir, y acepté que mi vida era un hondo pantano en el que definitivamente, yo no hacía pie...
(sheila)

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